viernes, 27 de septiembre de 2013

ANTE LA LEY


Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

FRANZ KAFKA

domingo, 22 de septiembre de 2013

¿ EL BOLUDO?



Por mirar el otoño perdía el tren del verano. Usaba el corazón en la corbata. Me subía a una nube, cuando todos bajaban.
Mi madre me decía: No mires las estrellas para abajo, no mires la lluvia desde arriba. No camines las calles con la cara, no ensucies la camisa; no lleves tu corazón bajo la lluvia, que se moja. No des la espalda al llanto, no vayas vestido de ventana, no compres ningún tílburi en desuso.
Mirá tu primo el recto que duerme por las noches. Mirá tu primo el justo que almuerza y se sonríe. Mirá tu primo el probo puso un banco en el cielo. Tu cuñado el astuto que ahora alquila la lluvia. Tu otro primo el sagaz que es gerente en la luna.
- Tienes razón, mamá- dije yo, el boludo, y me bebí el agua de una rosa. - No seré más boludo- y me bajé del viento. - Seré astuto y zahorí- y dí vuelta una estrella para abajo y me metí en el subte y quedaron las gaviotas.

Entonces vinieron los parientes ricos y me dijeron: - Eres pobre, pero ningún boludo. Y yo, el boludo fuí ningún boludo y quemaba en las plazas las hojas que molestan en otoño. Y llegó fin de mes. Cobré mi primer sueldo y me compré cinco minutos de boludo.

Entonces vinieron las fuerzas vivas y me dijeron: - Has vuelto a ser boludo, boludo.
- Seguirás siendo el mismo boludo de siempre. - Debes dejar de ser boludo, boludo.

Y medio boludo, con esos cinco minutos de boludo, dudé entre ser ningún boludo
o seguir siendo boludo para siempre. Dudé como un boludo. Y subí las escaleras para abajo, hice un hoyo en la tierra miraba las estrellas.
La gente me pisaba la cabeza, me gritaba boludo. Y yo seguía mirando a través de los zapatos como un boludo.

Entonces vino un alegre y me dijo: - Boludo alegre.
Vino un pobre y me dijo: - Pobre boludo.
Vino un triste y me dijo: - Triste boludo.
Vino un pastor protestante y me dijo: - Reverendo boludo.
Vino un cura católico y me dijo: - Sacrosanto boludo.
Vino un rabino judío y me dijo: - Judío boludo.
Vino mi madre y me dijo: - Hijo, no seas boludo.
Vino un escribano mentiroso y me dijo: - Te mentí y te diste cuenta… Si seremos boludos... ¡!!. Ya no estás solo.

Ay amigos y nuestro execrable sistema, clima en nombre del cielo, del bronquio y la quebrada mentira, la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre...

¿ UN BOLUDO?